Mirando mis pupilas

Hoy al verme en el espejo noté cierta nitidez en el reflejo… Como si de pronto mi visión corrigiera parte del enfoque que he perdido en años sin prestar suficiente atención al aspecto de eso que mira.

En el espejo era yo; el mismo que en algún rincón de mi recuerdo sabía que ha estado presente toda mi vida. Un hombre joven que intentaba abrir bien los ojos, como queriendo capturar más y más de ese momento extraño de re identificación.

Balada del mal genio

Hay días en que siento una desgana
de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse
y me hallo solidariamente cretino
apto para que en mí vacilen los rencores
y nada me parezca un aceptable augurio.

Días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en los avisos fúnebres
seguido de la nómina de parientes y amigos
y de todo indócil personal a mis órdenes.

Hay días que ni siquiera son oscuros
días en que pierdo el rastro de mi pena
y resuelvo las palabras cruzadas
con una rabia hecha para otra ocasión
digamos, por ejemplo, para noches de insomnio.

Días en que uno sabe que hace mucho era bueno
bah tal vez no hace tanto que salía la luna
limpia como después de jabón perfumado
y aquello si era auténtica melancolía
y no este malsano, dulce aburrimiento.

Bueno, esta balada sólo es para avisarte
que en esos pocos días no me tomes en cuenta.

Mario Benedetti

Reír llorando

Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirlo le decía:
«Eres el más gracioso de la tierra
y el más feliz…»
Y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro —le dijo—, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

»Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la muerte».

—Viajad y os distraeréis. — ¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad. —¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer. —¡Si soy amado!
—¡Un título adquirid! —¡Noble he nacido!
—¿Pobre seréis quizá? —Tengo riquezas
—¿De lisonjas gustáis? —¡Tantas escucho!
—¿Que tenéis de familia? —Mis tristezas
—¿Vais a los cementerios? —Mucho… mucho…

—¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?
—Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.

—Me deja —agrega el médico— perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.

—¿A Garrik?
—Sí, a Garrik… La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.

—¿Y a mí, me hará reír?
—¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas… ¿qué os inquieta?
—Así —dijo el enfermo— no me curo;
¡Yo soy Garrik!… Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.

Juan de Dios Peza

Volando en mi universo

El aire en esas bolsas llamadas pulmones, me recuerda de la existencia… Entra y sale por mi “nariz” como algo que eso, que soy yo, tiene bien aprendido.

Bajo eso que llamo pies; una nada galopante enchina mi carne desde su centro, y trae consigo la idea de lo fugaz y lo eterno.

Retiro la mirada de la ventanilla y extiendo mi mano hacia la bolsa de cacahuates que con una sonrisa, me entrega una mujer vestida de azul… Y sigo volando en mi universo.

Cubriéndome de oscuridad

Las sombras danzan con el viento que, al entrar por la ventana de mi habitación, ondea una camisa negra. No recuerdo haberla visto antes; seguramente aguarda colgada en el perchero a uno de esos días de trabajo en los que no encuentro que ponerme. Me alivia saber que hoy no es el caso.

En mi cabeza resuena el eco de lo dicho hace unos minutos en la fiesta de cumpleaños: charlamos intensamente sobre apariciones y espantos. Retazos de oscuridad se mecen a mi lado, en mi mente. Es hora de cerrar los ojos.